
Éste es mi asiento
Esto pasó en un DC-10, yendo de Buenos Aires a Santiago de Chile. Yo trabajaba en el de la clase ejecutiva, posición que me encantaba porque me encerraba en la cocina y no veía a nadie ( para esa época, ya hacía más de ocho años que volaba y fue en el octavo año que tuve mi susto y perdí el encanto por volar; ya no soportaba a nadie y tenia fobia). Mi posición favorita era el galley, cerraba las cortinas y no quería ver a ni un solo pasajero. Pero el galley de ejecutiva esta justo al lado de la puerta de embarque. A la posición número cuatro, que hacía el galley, le tocaba recibir pasajeros junto con la posición número diez, que era una persona que trabajaba en turista. Ese día me tocó recibir pasajeros con una amiga, Paula Vieyra, que también era bastante corta de paciencia. Paula y yo vivíamos tentándonos de todo, éramos como esos amigos que se miran y ya estallan en una carcajada, porque a una persona le chinga el traje, tiene mal el peinado, los dientes parecen un choclo deformado o hablan ceceado. Todo era motivo para cuerear a la gente. No parábamos de encontrarle defectos a las personas. Un día recuerdo estar en la pileta del hotel, tomando sol con ella. De pronto me incorporé y le pregunté: "Hija de puta, te propongo un juego, ya que somos tan filósofos para los demás: decíme mis defectos y yo te digo los tuyos". Me los dijo y se los dije. Obviamente no los voy a contar acá. Retomando de pronto entró un viejito muy tierno. En la mano traía una bolsa de supermercado. Cuando lo encare para preguntarle que asiento tenía, de la bolsa sacó un banquito de madera y con un perfecto asento gallego me dijo: "Yu mi sientu aquí". Todo lo que siguió a partir de ese momento fue desopilante. Nosotros pensábamos que era una broma del señor. Pero de ninguna manera, se empacó como mula, y no había dios que le entrara en la cabeza que se tenía que sentar en un asiento de avión y abrocharse como correspondía. La deje a Paula convenciendolo porque yo ya había perdido la paciencia y lo iba a ahorcar. Desde el pasillo escuchaba que la policía aeronáutica le decía que si no se sentaba como correspondía, se iba a tener que bajar. El viejo gritaba: "¡ Yu tengu mis derechos! ¡ Y me voy a sentar en esti banquitu!". De pronto, a alguien se le ocurrió que el señor no había llegado solo al aeropuerto. Le preguntaron por sus familiares y dijo que su hija estaba abajo. La mandaron a buscar y sólo la hija lo pudo convencer. Tampoco fue tarea fácil para ella, era un viejo porfiado. Si me preguntan hoy en día de qué signo era, diría leonino. El banquito fue a la bodega y el viejo a un asiento refunfuñando todo el viajo. Durante el vuelo, cuando ya se había tranquilizado un poco, le comentó a un compañero mío que trabajaba en la clase turista que no entendía cómo no lo dejaban subir con el banquito, ¡ si él iba con el banquito al cine, al teatro, al tren, y al colectivo!.
Anecdotario de Fernando Peña en uno de sus tantos vuelos. Feliz cumpleaños puto lindo ♥
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